Pedir perdón...

Publicado por GRUPO LOBO | Etiquetas: , | Posted On martes, 12 de febrero de 2008 at martes, febrero 12, 2008


Ya en anteriores artículos me he referido indirectamente al perdón. A la virtud que tenemos al perdonar al prójimo, el rencor y el resentimiento se pone en frente nuestro y nos hace esto difícil. Ahora hablaré de la otra parte. Aquel que estando arrepentido de lo realizado pide el perdón. Nos resulta más fácil el pedir disculpas que el solicitar el perdón de alguien a quien hemos dañado de alguna manera. Y es que a nadie le gusta confesar sus errores, y muchos de nosotros nos resistimos a ello. No es que sea muy complicado pero exige una cuota grande de humildad, virtud muy devaluada en estos tiempos y que sin embargo es una de las principales para saber destacar como persona.

El Pedir perdón como el perdonar son dos pruebas que son muy difíciles de realizar. Ninguna es mas fácil que la otra. Si nos damos cuenta, el perdonar es un acto unilateral e incondicional, así como lo es también el verdadero amor. No depende de que el otro haga su parte, sino de que yo haga la mía. Esa parte es perdonar toda ofensa recibida. No perdonamos porque se nos ha pedido perdón, y reconocido el error u ofensa. Perdonamos a nuestros deudores cuando TODAVÍA no han saldado la cuenta, y aunque NUNCA lo hagan. La Palabra dice: "Y perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a nuestros ofensores" (Mateo 6: 12) Como vemos, debemos perdonar cuando aún nos ofenden; no porque hayan cancelado la deuda. Esto dicho en sentido figurado. Hagamos el intento de pedir disculpas, requiere de mucha valentía y nobleza.

El pedir perdón es señal de humildad y también de fortaleza espiritual. El que por sistema jamás pide perdón, es débil y carnal. El no pedir perdón es señal de orgullo. El pedir perdón es otro de los aspectos que también cuesta poner en práctica, porque es un atentado contra nuestro orgullo. Nos es fácil camuflarnos o protegernos en ese orgullo. Cuando pedimos perdón, nos despojamos de tal orgullo, y queda al descubierto lo que somos. Esto es muy saludable.


El pedir perdón:
Nos humilla (por lo tanto, nos mantiene humildes)
Nos coloca en una posición de vulnerabilidad.
Nos quebranta.
Nos hace reconocer que no somos perfectos.
Ayuda al entendimiento con los demás.
Ayuda a la otra parte a hacer su parte. Nos ayuda a tener un concepto cuerdo y correcto de nosotros mismos.

Lo cierto es que el simple hecho de decir “perdón” sirve de muy poco a la persona agraviada si es que éste no viene acompañado de un gesto que indique el arrepentimiento, pero sobre todo de una actitud y un compromiso, no con el otro, sino con uno mismo, de no volver a fallar en ese aspecto.

Las disculpas son más efectivas cuando la parte ofendida asume la responsabilidad por sus actos, explica cuál es el origen del problema, muestra cómo evitará el problema en el futuro y ofrece, si es apropiado, alguna forma de compensación. ¿Nos hemos puesto a pensar cuanta gente tenemos a nuestro alrededor que está esperando unas sinceras disculpas de parte nuestra? Bueno pues, es un buen momento para disculparnos, pero de corazón, no para quedar bien, sino para estar tranquilos con nuestra propia conciencia. Vale la pena. ¿Lo intentamos?

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